viernes, febrero 16, 2007

Movido

Nos vemos en Drutz:
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viernes, febrero 03, 2006

El billar

De vez en cuando me gusta acercarme con mis amigos a algún bar con billares, y jugar algunas partidas. Desafortunadamente, las ocasiones en las que trato de emular a Paul Newman son pocas. Falta costumbre. La época en la que parecía que jugar sería algo habitual (aquellos buenos tiempos de la Quesería, del Magia y Música o del Cadillac, en el sevillano barrio de Los Remedios) pasó.

No se pierde el gusto por el billar, sin embargo. Disfruto mucho, muchísimo. Juego, además, al modo español, es decir, fardando de supergolpes aún recibiendo la paliza del siglo (sí, soy bastante malo), con lo que la diversión aumenta. Cogiendo el palo y golpeando la bola soy feliz. Lástima de no hacerlo con más frecuencia.

Hoy me han venido, como un fogonazo, recuerdos de mi infancia. Las tardes estivales, en mi pueblo, traen consigo un aire pesado y un sol asfixiante. Por ello, en las horas de la siesta, todo el mundo se recluye en sus casas, todas de piso bajo y paredes gruesas, al modo antiguo. Es decir, fresquitas. Cuando se es niño, no siempre se tienen ganas de dormir la siesta. La hiperactividad propia de las cortas edades sufre mucho con las largas horas de sol que impiden salir a la calle, así que es el momento de los hermanos y los primos. Nos íbamos al taller de mi abuelo, que era carpintero. Allí teníamos multitud de juguetes y, entre ellos, el que he recordado ahora: el billar infantil. ¡Cuánto lo disfrutaba entonces!

Y así, en un burdo autosicoanálisis, entiendo el pequeño oasis gustoso del rato del billar. Una ventana a algo que se disfrutó de pequeño. Creo que es lo más eficaz que puede haber.

Al hablar del símbolo, en literatura, es muy habitual confundirlo con la metáfora. Error. El símbolo no es la pura representación de algo con otra cosa. Es una manifestación. Una exteriorización de lo que se quiere significar, por decirlo de alguna manera. Para mí, el billar es un símbolo. Cada vez que juego, vuelvo al rato feliz de la infancia. Aunque no lo hubiera sabido hasta ahora.

Por eso fascina tanto el símbolo.

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martes, enero 24, 2006

¿Árido? No...

como la arena, que al besarla los labios
finge otros labios, dúctiles al deseo,
hasta que el viento lleva sus mentirosos átomos.


De "Los fantasmas del deseo" (Luis Cernuda, Donde habite el olvido)

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lunes, enero 23, 2006

Enredando por Google Video

Hace tiempo se puso de moda por la blogosfera este vídeo en el que dos muchachitas elegantes solucionan sus diferencias. Ahora tenemos al fin el esperado remake holliwoodiense de rigor. Que lo disfrutéis.

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martes, enero 17, 2006

Un rayo de sol

Hace un momento televisaban por Canal Sur Andalucía Directo, el programa de los reportajes campechanos andaluces. Retransmitían desde una piscina pública donde un monitor daba clases de natación a niños con síndrome de Down. Apenas atendí lo que decía la reportera. Uno de los niños entrevistados poseía unos ojos preciosos, con un perfil de los párpados elegantísimo que atrajo mi atención. La siguiente niña me dejó absorto con la comisura de sus labios. Los pequeños e intransferibles detalles que dotan de gracia a cada individuo.

Me siento feliz de haber visto esto. Para los que no tenemos trato habitual con ningún chico así, es demasiado sencillo abstraer y recoger sólo los rasgos arquetípicos del síndrome de Down. Porque el aspecto canta. Pero esta vez ha ocurrido al revés y es un gran paso adelante en mi caminito personal de superación. Estoy muy contento.

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lunes, enero 16, 2006

Banalidades y supermegaprofundeces

Esta mañana me ha pillado un amigo mío en la biblioteca, in fraganti, leyendo... el diario deportivo Marca. ¿No te da vergüenza? me preguntó, con sorna. Pues anoche me entretuve bien con El bar Coyote, viendo a las actrices, repliqué, y descubrí, incluso, que Johnny Knoxville, el de Jackass, aparecía durante cinco segundos: me hizo feliz. Nos reímos. Supongo que siempre nos reímos cuando pensamos en los Pipleos.

Nadie se traga literatura densa en todas las páginas de su vida. Ni se entretiene siempre con Kubrick. Miento: sí que hay gente que se traga todo ello en exclusividad, pero la excelencia queda matizada por un orgullo tremendamente infantil. Creo que, si existe ese tipo de gente, tiene problemas de autoestima. Matizando, tal vez pueda, aunque no lo conozca, que sí exista el lector - u oyente, o espectador- excelso, en cuyo caso debería pedirle perdón (o no, ¿leería este blog acaso?). No es mi caso: no tengo reparos en reconocer que entre mis autoridades idolatradas se encuentra Stifler, de American Pie, el genial e incomparable Stifmeister.

¿Pipleo? Era un poeta griego, a quien se le conocía como un oscuro y un pesado. Ahí le dieron.

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