Jumat, 03 Februari 2006

El billar

De vez en cuando me gusta acercarme con mis amigos a algún bar con billares, y jugar algunas partidas. Desafortunadamente, las ocasiones en las que trato de emular a Paul Newman son pocas. Falta costumbre. La época en la que parecía que jugar sería algo habitual (aquellos buenos tiempos de la Quesería, del Magia y Música o del Cadillac, en el sevillano barrio de Los Remedios) pasó.

No se pierde el gusto por el billar, sin embargo. Disfruto mucho, muchísimo. Juego, además, al modo español, es decir, fardando de supergolpes aún recibiendo la paliza del siglo (sí, soy bastante malo), con lo que la diversión aumenta. Cogiendo el palo y golpeando la bola soy feliz. Lástima de no hacerlo con más frecuencia.

Hoy me han venido, como un fogonazo, recuerdos de mi infancia. Las tardes estivales, en mi pueblo, traen consigo un aire pesado y un sol asfixiante. Por ello, en las horas de la siesta, todo el mundo se recluye en sus casas, todas de piso bajo y paredes gruesas, al modo antiguo. Es decir, fresquitas. Cuando se es niño, no siempre se tienen ganas de dormir la siesta. La hiperactividad propia de las cortas edades sufre mucho con las largas horas de sol que impiden salir a la calle, así que es el momento de los hermanos y los primos. Nos íbamos al taller de mi abuelo, que era carpintero. Allí teníamos multitud de juguetes y, entre ellos, el que he recordado ahora: el billar infantil. ¡Cuánto lo disfrutaba entonces!

Y así, en un burdo autosicoanálisis, entiendo el pequeño oasis gustoso del rato del billar. Una ventana a algo que se disfrutó de pequeño. Creo que es lo más eficaz que puede haber.

Al hablar del símbolo, en literatura, es muy habitual confundirlo con la metáfora. Error. El símbolo no es la pura representación de algo con otra cosa. Es una manifestación. Una exteriorización de lo que se quiere significar, por decirlo de alguna manera. Para mí, el billar es un símbolo. Cada vez que juego, vuelvo al rato feliz de la infancia. Aunque no lo hubiera sabido hasta ahora.

Por eso fascina tanto el símbolo.

Selasa, 17 Januari 2006

Un rayo de sol

martes, enero 17, 2006 Hace un momento televisaban por Canal Sur Andalucía Directo, el programa de los reportajes campechanos andaluces. Retransmitían desde una piscina pública donde un monitor daba clases de natación a niños con síndrome de Down. Apenas atendí lo que decía la reportera. Uno de los niños entrevistados poseía unos ojos preciosos, con un perfil de los párpados elegantísimo que atrajo mi atención. La siguiente niña me dejó absorto con la comisura de sus labios. Los pequeños e intransferibles detalles que dotan de gracia a cada individuo. Me siento feliz de haber visto esto. Para los que no tenemos trato habitual con ningún chico así, es demasiado sencillo abstraer y recoger sólo los rasgos arquetípicos del síndrome de Down. Porque el aspecto canta. Pero esta vez ha ocurrido al revés y es un gran paso adelante en mi caminito personal de superación. Estoy muy contento.

Senin, 16 Januari 2006

Banalidades y supermegaprofundeces

Esta mañana me ha pillado un amigo mío en la biblioteca, in fraganti, leyendo... el diario deportivo Marca. ¿No te da vergüenza? me preguntó, con sorna. Pues anoche me entretuve bien con El bar Coyote, viendo a las actrices, repliqué, y descubrí, incluso, que Johnny Knoxville, el de Jackass, aparecía durante cinco segundos: me hizo feliz. Nos reímos. Supongo que siempre nos reímos cuando pensamos en los Pipleos.

Nadie se traga literatura densa en todas las páginas de su vida. Ni se entretiene siempre con Kubrick. Miento: sí que hay gente que se traga todo ello en exclusividad, pero la excelencia queda matizada por un orgullo tremendamente infantil. Creo que, si existe ese tipo de gente, tiene problemas de autoestima. Matizando, tal vez pueda, aunque no lo conozca, que sí exista el lector - u oyente, o espectador- excelso, en cuyo caso debería pedirle perdón (o no, ¿leería este blog acaso?). No es mi caso: no tengo reparos en reconocer que entre mis autoridades idolatradas se encuentra Stifler, de American Pie, el genial e incomparable Stifmeister. ¿Pipleo? Era un poeta griego, a quien se le conocía como un oscuro y un pesado. Ahí le dieron.

Jumat, 13 Januari 2006

Kokinwakashu

Enredado en las librerías, he podido ver que últimamente proliferan las ediciones al español del Kokinwakashu (la Colección de poesía japonesa antigua y moderna, también conocida de forma abreviada como Kokinshu). En Quorum, una de las principales librerías de Cádiz, bien dotada pero tampoco excesivamente amplia, he encontrado hasta tres ediciones recientes que traducen y seleccionan algunos de sus poemas (la colección original consta de 1111).

Supongo que salen aprovechando el tirón que pueda tener la literatura de la Edad Media en Japón tras la publicación simultánea del Genji Monogatari en Destino y en Atalanta, la nueva editorial de Jacobo Siruela. Ya conocía el antiguo poema japonés, el waka, gracias a algunas antologías más generalistas que se aprovechaban del tirón que vino teniendo el haiku, su floreciente retoño. No he querido desaprovechar, sin embargo, esta oportunidad de adentrarme un poquito más en materia, sobre todo cuando no hace mucho que leí el Taketori Monogatari (El cuento del cortador de bambú), de la misma época y que intercalaba algunos waka en su narración.

De las ediciones que pude hojear me decanté por la de Torquil Duthie para la editorial Trotta, una selección de cien poemas traducidos y con su correspondiente aparato crítico (hablamos de poesía de hasta el siglo X, ¡se necesita algo de ayuda para sortear el salto espacial y temporal!). Su precio, estupendo: 10 euros. No creo que sea necesario explicaros qué es el haiku. El waka, como él, se basa en la alternancia de versos de 5 y 7 sílabas, pero con una extensión de 31 sílabas y condensada en cinco versos. El haiku, de hecho, es una reducción a los tres primeros versos. También son aquí la fugacidad del tiempo y el carácter cíclico de la naturaleza los temas principales. Y, como el haiku, la plasticidad de la imagen alcanza cotas deliciosas. Para muestra, un botón: el poema 89 de la colección.

sakurabana chirinuru kaze no nagori ni wa mizu naki sora ni nami zo tachikeru Los cerezos se derraman en la estela del viento y en el cielo sin agua hasta olas se levantan. El volátil (pero siempre retornante) esplendor de la flor del cerezo se plasma delicadamente en la bellísima imagen de las olas (recordemos que la flor del cerezo es blanca). No puedo evitar que este poemilla también me traiga sensaciones muy personales: no son pocas las primaveras que me acerco al Jerte, en Cáceres, donde florece radiante el cerezo. Os lo recomiendo. Y para ahora, pues tampoco sé cuánto tiempo estarán en el escaparate. Este engulliente monstruo de la novedad...