Jumat, 13 Januari 2006

Kokinwakashu

Enredado en las librerías, he podido ver que últimamente proliferan las ediciones al español del Kokinwakashu (la Colección de poesía japonesa antigua y moderna, también conocida de forma abreviada como Kokinshu). En Quorum, una de las principales librerías de Cádiz, bien dotada pero tampoco excesivamente amplia, he encontrado hasta tres ediciones recientes que traducen y seleccionan algunos de sus poemas (la colección original consta de 1111).

Supongo que salen aprovechando el tirón que pueda tener la literatura de la Edad Media en Japón tras la publicación simultánea del Genji Monogatari en Destino y en Atalanta, la nueva editorial de Jacobo Siruela. Ya conocía el antiguo poema japonés, el waka, gracias a algunas antologías más generalistas que se aprovechaban del tirón que vino teniendo el haiku, su floreciente retoño. No he querido desaprovechar, sin embargo, esta oportunidad de adentrarme un poquito más en materia, sobre todo cuando no hace mucho que leí el Taketori Monogatari (El cuento del cortador de bambú), de la misma época y que intercalaba algunos waka en su narración.

De las ediciones que pude hojear me decanté por la de Torquil Duthie para la editorial Trotta, una selección de cien poemas traducidos y con su correspondiente aparato crítico (hablamos de poesía de hasta el siglo X, ¡se necesita algo de ayuda para sortear el salto espacial y temporal!). Su precio, estupendo: 10 euros. No creo que sea necesario explicaros qué es el haiku. El waka, como él, se basa en la alternancia de versos de 5 y 7 sílabas, pero con una extensión de 31 sílabas y condensada en cinco versos. El haiku, de hecho, es una reducción a los tres primeros versos. También son aquí la fugacidad del tiempo y el carácter cíclico de la naturaleza los temas principales. Y, como el haiku, la plasticidad de la imagen alcanza cotas deliciosas. Para muestra, un botón: el poema 89 de la colección.

sakurabana chirinuru kaze no nagori ni wa mizu naki sora ni nami zo tachikeru Los cerezos se derraman en la estela del viento y en el cielo sin agua hasta olas se levantan. El volátil (pero siempre retornante) esplendor de la flor del cerezo se plasma delicadamente en la bellísima imagen de las olas (recordemos que la flor del cerezo es blanca). No puedo evitar que este poemilla también me traiga sensaciones muy personales: no son pocas las primaveras que me acerco al Jerte, en Cáceres, donde florece radiante el cerezo. Os lo recomiendo. Y para ahora, pues tampoco sé cuánto tiempo estarán en el escaparate. Este engulliente monstruo de la novedad...

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